Charles Dickens, escritor inglés en 1857: “De cada fracaso se puede aprender algo, si uno está dispuesto”


Charles Dickens, escritor inglés en 1857: “De cada fracaso se puede aprender algo, si uno está dispuesto”

Una de las frases más contundentes que Charles Dickens puso en boca de un personaje aparece casi al final de Little Dorrit, su novela publicada por entregas entre 1855 y 1857. La pronuncia Daniel Doyce, un inventor práctico y honesto, mientras visita a su socio Arthur Clennam en la cárcel de Marshalsea.

La escena es breve pero densa. Doyce llega con buenas noticias: el negocio se reencamina, la libertad de Clennam está próxima y el futuro vuelve a abrirse. Pero antes de anunciar todo eso, marca un punto de partida.

—No quiero que me hable más del pasado —le dice Doyce a Clennam—. Cometió usted un error de cálculo.

Lo que sigue no es un consuelo vacío. Es una lectura técnica del fracaso, propia de alguien que construye máquinas y conoce el costo de cada pieza que falla.

“Un error así afecta a toda la maquinaria y conduce al fracaso”, continúa Doyce en el capítulo 34 del Libro II, titulado Going!. “Pero ese fracaso será beneficioso para usted, porque en otra ocasión sabrá evitarlo”.

La lógica es la del ingeniero: identificar el error, aprender de él y evitar que vuelva a ocurrir. Doyce no niega la responsabilidad de Clennam, pero sí considera inútil que continúe castigándose por ella.

Entonces llega la frase central: “De cada fracaso se puede aprender algo, si uno está dispuesto”.

La condición final —si uno está dispuesto— no es un detalle menor. Dickens no presenta el aprendizaje como automático ni garantizado. Depende de una decisión activa, de la voluntad de mirar lo que salió mal sin apartar los ojos.

El destinatario de esas palabras es Arthur Clennam, un hombre que pasó meses en la cárcel de Marshalsea —la misma prisión por deudas donde el propio Dickens vio encarcelado a su padre de niño— y que se reprocha con una dureza que Doyce considera excesiva.

“Lamenté que se lo tomara usted tan a pecho, que se lo reprochara tan duramente”, admite el inventor.

El mensaje no es que el error no importa. Es que la autoexigencia sin aprendizaje es un desperdicio. El sufrimiento sin revisión no repara nada.

Little Dorrit es, entre muchas otras cosas, una novela sobre lo que las instituciones y los errores propios le hacen a una persona.

Amy Dorrit, la protagonista que da nombre al libro, nació en la cárcel de Marshalsea y pasó su infancia entera entre sus muros. Clennam llega ahí décadas después, arruinado. Es Amy quien lo cuida y lo acompaña durante su reclusión.

El capítulo 34 cierra con la boda de los dos personajes en la iglesia de Saint George, a pasos de la cárcel. La ceremonia es discreta. La vida que comienzan es, según el narrador, “sencilla, útil y feliz”.

Antes de despedirse, Doyce le recuerda a Clennam algo que suena casi a manual de ingeniería aplicado a la existencia: “Siempre tenemos en cuenta la fricción”, le explica, y por eso ha dejado un margen para poder cerrar.

La metáfora cierra el argumento. En la construcción de una máquina hay que prever la fricción y dejar espacio para aquello que puede interferir en su funcionamiento. En la conversación de Doyce, esa idea funciona también como una imagen de la vida: los planes pueden encontrar obstáculos y es necesario contemplar ese margen de imprevistos.

La condición, siempre, es la misma: estar dispuesto.

Nota generada con inteligencia artificial bajo supervisión y edición humana.

Fuente: www.clarin.com

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